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Dedicado a Campanilla, porque no era mala del todo, y tampoco era buena del todo; pero las hadas son tan pequeñas que no tienen espacio para más de un sentimiento a la vez.

No hace mucho tiempo que le doy vueltas, pero se las doy. Me pregunto quién pensó el guión, grita el altavoz. Yo también me lo pregunto, porque, sea quién fuere, olvidó hacer un papel para mí, debe estar bastante enfermo. Mierda de director. No, no me creo el centro del mundo, no quiero ser la prota. Pero no es tan difícil darse cuenta de que, de algún modo, me afecta la acción principal. Incluso si finjo que no me afecta, esto ya sería un papel. Fingir. No voy a engañar a nadie, no soy buena actriz. ¿No podrían darme un papel más sencillo? No puedo fingir que no me incumbe, que me toca un pie la existencia de los protagonistas, que no me apetece incluso que uno de ellos hubiera desaparecido de la acción hace mucho tiempo. No sé declamar, no podría recitar un perfecto discurso mientras pienso cuántas veces el protagonista no presta atención a la secundaria – siendo generosos, pues puedo ser perfectamente una extra -. No puedo poner cara de que nunca me he descubierto pensando que un día ella llama y él vuelve corriendo a su lado. Y no podré hacer nada, porque no me han dejado leer el libreto, porque a mí ni se me nombra.

Ya que estoy aquí, denme un papel, no me importa trabajar gratis. Algo facilito, adecuado a mi escasa experiencia. Podría ser la heroína, es un papel necesario en toda trama. No, demasiado importante, esta sigue sin ser mi historia. Podría apoyar al héroe. Eso sería lo más fácil: ser el hombro en el que llora, consolarle por lo mal que le ha tratado su madrastra. Ni siquiera voy a pedir que la madrastra sea una bruja fea y con verrugas, sólo que sea la mala, y todo será mucho más fácil. Bueno, sí, mejor pónganle ojos saltones, joroba y dientes negros, que los príncipes azules nunca han destacado por tener muchas luces, hay que caracterizar bien a los personajes femeninos. No me digan que un príncipe anterior a la LOGSE no podría haber encontrado a Cenicienta de otra forma, en lugar de recorrer el reino probando un zapatito de talla ridícula a todas las mozas casaderas. Por cierto, siempre he estado convencida de que a mí ese zapato me quedaría bien, más motivos para que yo sea la buena.

Lo sé, lo sé, estoy sugiriendo ideas demasiado comerciales para la obra. Si me hacen caso saldrá una peli de Disney, un musical, o peor, una americanada. Personajes demasiado simples, muy planos, aburridos en definitiva. No es lo que quiero, no es lo que quiere nadie que merezca la pena. Así que, si me van a tener sufriendo a la espera de recibir una copia del guión con mis frases subrayadas en amarillo, mejor sáquenme del elenco. Suicídenme en la primera escena. Ni siquiera pido una muerte bonita. O, si quieren ser generosos, mándenme de viaje para no regresar hasta el desenlace, cuando todos sean felices y coman perdices.

Y colorín colorado, que me corten la cabeza por pensar demasiado.

Mutis por el forro

Pensarlo me da vértigo. Una llave. Una que no es la de casa de mis padres. La llave de una casa, que no de una hipoteca. La llave de un sitio, de alquiler, pero un sitio para caerme muerta. Muerta de risa, espero. Un lugar que compartir con otras personas, a las que puedo querer casi como a una familia, con las responsabilidades que eso conlleva. Puede ser muy divertido, pero también es un paso hacia una estabilidad que nunca he demandado. Y, con suerte, un trabajo; un trabajo indigno, pero otra responsabilidad: la de estar a una hora en un sitio, la de hacer lo que otros deciden. También puede ser muy divertido, pero sigue siendo un paso más hacia lo mismo. Por no hablar de pensar en terminar la carrera, de qué haré después. Más y más pasos hacia una estabilidad que, según creo ahora, matará mi imaginación. Esa situación que algunos llaman felicidad, esa que casi todo el mundo desea, una casa, un matrimonio, unos hijos, un trabajo… siempre ha sido nefasta para todos los artistas que admiro. Parece haber una  relación de proporcionalidad inversa entre felicidad e inspiración. La estabilidad mata el genio, anula la inteligencia al volverla innecesaria. Sólo de pensarlo me cuesta escribir y me dan ganas de salir corriendo entre las butacas de esos espectadores que aguardan verme hacer algo útil con mi vida. Pero no lo voy a hacer. No es que me den miedo las caras de toda esa gente mirándome mientras no me atrevo a hacer lo que esperan de mí; lo que me asusta es mi propia cara cuando me mire en el espejo y no me reconozca al ver el rostro de alguien que una vez huyó.

Tengo dos opciones, y ambas pasan por seguir adelante: continuar mi vida como si no hubiera escrito el párrafo anterior o jugármela. Hacer alguna locura cuyo resultado más probable sea la pérdida de parte de esa felicidad. Debería arriesgarme, arriesgar… Debo tener en cuenta la posibilidad de que el riesgo, por vicisitudes del infortunio, tuviera un resultado favorable y me aportara aún más estabilidad. Además, me quedará la duda de si el riesgo consistiría en la acción o la no acción, con lo que volvería a mi primera alternativa: seguir como si no hubiera escrito el párrafo anterior. La razón es una puta.

Arturo Pérez-Reverte

XLSemanal – 05/7/2010

Me inquieta el número de jóvenes que en los últimos tiempos piden consejo. Qué debo hacer, qué libro debo leer, qué estudiar o qué caminos abandonar, cómo puedo conciliar lo que sueño con el paisaje desolado en que ustedes, los mayores, me han convertido el horizonte. Cuando preguntan cosas así, intento abrir camino a la esperanza. Lee esto, prueba con aquello, viaja a tal sitio. Traza tu camino con sentido común y con decencia. Pero hay días en que ese discurso no me sale. Soy de la generación que ha colaborado en armar esta trampa infame, la ratonera donde viven atrapados tantos jóvenes dolorosamente lúcidos. No siempre puede transmitir esperanza quien a veces no la tiene. Hace unos días, durante uno de los breves contactos que mantengo con lectores y amigos a través de la red social Twitter, me encontré dando a uno de ellos, que preguntaba qué leer con veintisiete años y en paro, una respuesta inquietante para mí mismo: «Un libro para aprender idiomas y largarse, o uno donde aprender a fabricar cócteles molotov».

Lo de la coctelería era broma, hasta cierto punto. Pero la primera parte del consejo me salió sincera. A veces creo que esto no tiene solución. Que este país irresponsable, históricamente enfermo, está condenado a repetirse a sí mismo hasta la traca final. Y en cada ocasión recuerdo lo que, de niño, oía a mi abuelo paterno, que era lúcido, culto, republicano, y usaba sombrero, sobre todo para quitárselo ante las señoras: «Arturín, aprende francés, que es muy triste ir al exilio sin hablar idiomas». Le hice caso, y hablo un francés de puta madre. También, a menudo, uso sombrero. Pero entre viajes y libros se echaron los años encima. Ahora ya me da igual irme o quedarme. Estoy cansado. Soy demasiado mayor, y hay días en los que sólo me levanto con ganas de morir matando.

España fue, durante siglos, muchas cosas buenas y malas. Hoy es algo parecido a intentar introducir una especie de barra o varilla por una serie de piezas hechas con agujeros desiguales: cada uno de un diámetro diferente, hechos de materiales distintos y situados en diferentes posiciones. No hay pulso que enhebre el invento, ni posibilidad de que nadie alinee aquello y funcione la maquinaria. Sin embargo, me resisto a creer que nada pueda hacerse. No escribiría estos artículos, en tal caso. Sigue habiendo, pese a todo, gente que lucha y se arriesga, empresarios dignos, funcionarios decentes, jóvenes solidarios y valerosos capaces de levantarse y trabajar cada mañana. De pelear, si hace falta. Amigos en quienes esperar y confiar. Por eso duele más. Por eso ulcera el alma verlos maltratados por estas diecisiete Españas injustificadas, egoístas y ladronas, donde las ratas y los chacales depredan a su aire, envidiándose y odiándose a partes iguales, desmontando cuanto hace posible el respeto y la convivencia. Esa gentuza iletrada, infame, que ha hecho de la política su forma de vida y de nosotros su negocio, desvalija el país y se lleva por delante las instituciones en su ávida carrera por el dinero y el poder. Destroza el futuro. La impunidad de esos golfos la garantizan millones de ciudadanos apáticos sentados ante el televisor, viendo el fútbol y a Belén Esteban mientras aceptamos, aborregados, que nos conviertan en un país miserable, cutre, exclusivo para turistas baratos de cerveza y vomitona. Un lugar sin industria ni recursos propios, sin clase media, hecho de buscavidas y mendigos, de subvenciones mientras las haya, de putas y camareros. Dicho sea con todo el respeto para las putas y los camareros. Que, a este paso, serán quienes nos den de comer.

Algún retorcido consuelo queda de todo esto: a los principales culpables los hemos parido y votado los padres de esos jóvenes. Salen de nuestra entraña desde hace cuatro décadas. Los engordamos a nuestra costa, tarados por una dictadura anterior que nos hizo acríticos e ignorantes. El mayor homenaje a nuestra imbecilidad nacional tuvo lugar en el Senado hace unas semanas, el primer día que allí se utilizaron las diversas lenguas oficiales con traducción simultánea y pinganillo. Ésa es la España que los días de cabreo extremo, cuando aconsejo, como mi abuelo, tener idiomas y una maleta por si hay que largarse, quisiera ahorrar a los jóvenes más lúcidos: un andaluz medio analfabeto, presidente autonómico, hablaba con torpeza en catalán mientras otro andaluz casi tan analfabeto como él, vicepresidente tercero del Gobierno, escuchaba mediante un auricular la disparatada traducción a una lengua, el castellano, que ambos conocían -decir dominaban es excesivo- casi perfectamente. Y mientras, en sus bancos, encantados de estar allí, los cómplices de esos dos sujetos aplaudían.

Como casi siempre, para quitarse el sombrero, señor Pérez-Reverte.

Quería cambiar el mundo, hasta que me di cuenta de que era él quien me cambiaba a mí, mostrándome cada vez una versión más interesante de mi misma, y yo no tenía nada para ofrecerle. Está mal así, ahí estamos los dos de acuerdo. Pero, ¿qué nueva versión de sí mismo podría yo lograr? Puedo intentar quitarle la ropa que lleva, vieja y raída, puedo intentar que olvide parte de lo que sabe; pero no tengo un nuevo traje que ponerle, ni nada nuevo que enseñarle. No hay ninguna alternativa interesante que resulte plausible. No mientras las personas seamos como somos. Me apunté al “virgencita que nos quedemos como estamos” y no me siento orgullosa, de hecho, me odio a mí misma por ello. Me he hecho vieja, pero era eso o caer en una misantropía que acabaría destruyéndome. Me he hecho vieja, no hay excusas. Desde Nunca Jamás no había forma de cambiar el mundo real. Decidí volver, pero todo era horrible desde cerca, yo soy sólo una personita muy pequeña que nada podía hacer en este mundo, y jamás encontré de nuevo la segunda estrella a la derecha. Ni siquiera he vuelto a ver a un conejo con reloj al que pueda seguir. Estoy condenada a este mundo, no menos absurdo que los otros dos, pero sí mucho más feo.

Porque todo cobró sentido cuando decidí que era completamente absurdo. Que me corten la cabeza.

Por lo absurdo con sentido y consentido

Sin menage a trois alguno,

pero o somos tres

o somos ninguno.

No sé bien porqué.

Hasta que las cate

no soy muy de orgías.

Explico el disparate.

¡Qué galimatías!

No es que gustemos

de tales libertinajes

cuando nos deshacemos

de nuestros ropajes.

Tampoco me contento

con la cantidad,

sino con rendimiento

y con calidad.

Por tanto en la cama

hay una tercera parte

Jhonnie se llama,

y se apellida Walker.

Y aunque a veces es

poco digerible,

sin el escocés

somos incompatibles.

Oxímoron.

Me apetecía escribir, necesitaba escribir, creo que hasta tenía un tema interesante rondándome la sesera. Pero, como siempre, comencé a pensar en otra cosa. El tema en cuestión ha llegado a angustiarme: ¿Qué haré cuándo no tenga palabras para decir exactamente lo que pienso? Las palabras se están ahogando en un pozo de trivialidades. Supongo que tendré que conformarme. Lo digo como si fuera fácil. Acercarme a la estantería y destrozar un libro inútil, prender fuego a un diccionario que no sirve para nada, pues todo lo que contiene significa lo mismo: nada. Y, después de desahogar así en medida de lo posible mi enfado, seguir leyendo y escribiendo sin perder el gusto por una lengua muerta, o una lengua a la que han matado.

Podría volver a hablar de mis demonios y sus máquinas; puede que exista una máquina de la corrección política. Quizás no hay tales bestias, puede que sólo seamos todos imbéciles. No hemos sido capaces de soportar la libertad que nos dieron para usar algo que nos pertenecía por derecho propio: las palabras. Empezando por maestros que debían hacer gala de un conocimiento magistral de la lengua para expresar ideas o situaciones comprometidas que podían escapar de los rígidos cánones de la literatura de la época, el romanticismo intentó liberarnos, hubo algunas épocas de verdadera confusión entre libertad y libertinaje. Después sufrimos las fuertes dentelladas del rotulador rojo. Cuando nos levantaron ese yugo nos entró canguelo, por no decir que nos cagamos en los pantalones, y comenzamos a imponernos prohibiciones y tabúes nosotros solitos.

Y, así las cosas, si escribo “el hombre” en lugar de “el ser humano” llegaría el colectivo feminista y me colgaría del árbol más alto, rasgándose las vestiduras porque ¡cómo ha podido decir eso! ¡Y, encima, siendo mujer! ¡Mujer! Tampoco podría hablar de Franco, ni siquiera utilizar una expresión que pudiera relacionarse con él, no podría ni escribir sobre un personaje bajito y con bigote, al que quizás le falte un huevo – ¡huy, perdón! Un testículo -, porque somos un país de gente tan inmadura que no hemos asumido una guerra en la que todo fueron perdedores, y quizá alguno de mis interlocutores tuviera una sensibilidad especial respecto a ese tema. Y así con un manojo considerable de temas innombrables. Todas las palabras se convierten en símbolos de algo, y en ese mismo momento pasan a ser tabús que, al final, por falta de uso, pierden el significado. No pasaría nada si esos once que están jugando en Sudáfrica se apodaran “los colorados”, pero un sinónimo ya tiene tintes de soplagaitez – sí, todos nos inventamos palabras, y si consigues que cuatro inútiles más las digan, serán oficialmente aceptadas por ese grupo de intelectuales sin oficio que escribió un diccionario, porque, de todos modos, no significarán nada -. Lo que quiero decir con esto es que cualquier cosa es políticamente incorrecta. Las ideas en sí mismas son políticamente incorrectas.

Un recurso literario que decidimos utilizar para imponernos más normas absurdas en el lenguaje fue el eufemismo. Qué bonito suena. Yo diría que de esto tuvieron la culpa los periodistas, utilizado, más que como recurso poético, como técnica de manipulación. Tanto gustó que se popularizó, y ahora es un recurso patético. Una guerra es una guerra, por más que la llames conflicto bélico; un colegio sobre el cual cae una bomba es un montón de niños muertos por la codicia de un loco, no un daño colateral; señora, su hijo no es especial, es tonto; un sobaco siempre será un sobaco, aunque lo llamemos axila – que, a propósito, es el olor de ciertos sitios como la biblioteca ahora en exámenes, mezclado con pedos, que son pedos y no ventosidades ni gases nobles -; y mi padre no es rellenito y con entradas, está gordo y quedándose calvo, pero yo lo quiero igual. Llamar a las cosas como son aunque no suene muy bonito no es una falta de respeto al interlocutor, es una señal de respeto al lenguaje. Poder decir pene sin mirar con cara de disculpa, y caca, y culo, y pedo y pis. Hablar del sexo como quien habla de cualquier otra cosa, de amor, por ejemplo (y no me refiero a como si supiéramos) Y a quien mata llamarle, de una vez, asesino.

Y ahora, me gustaría decir que doy mi sátira por terminada porque tengo ganas de ir a cagar – que no hacer de vientre, ni evacuar – para escribir más palabras malsonantes, pero no me apetece, así que me conformaré con cagarme figuradamente en las madres de todos aquellos que usan la lengua con guantes cuando lo que deberían hacer es lavarse la boca antes de hablar.

Al pan, pan; y al vino, fanta de limón.

Porque ¿qué razón tendría yo para juzgar a los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro? Porque a los que están fuera, Dios juzgará.

- Segunda carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses (3:12-13) -

Dios debe haber cogido vacaciones ahora en junio, para ahorrarse el plus por temporada alta (esto de la crisis, que a todos nos afecta), cuando sus respetables representantes entre los mortales – pero mortales al fin y al cabo – son los encargados de juzgar a los muertos. Pensándolo bien, quizá lleva veinte siglos un poco ausente.

Nunca me pareció bien aquello de que para que hablen bien de uno hay que morirse. Pero a los muertos se les debe un respeto, para empezar porque no pueden defenderse para intentar limpiar las manchas que algunos intentan imprimir en su memoria. La memoria de quien hablo aún es reciente. Pocas horas hace que yo le dedicaba unas palabras y ya un tal Claudio Toscani había decidido mearse en su tumba, haciendo honor a la demencia en la cual el clero lleva un tiempo inmerso.

Otro señor, muerto hace unos dos mil años, dijo alguna vez que no deberíamos juzgar si no queremos ser juzgados. El pecado es la ley que rige el cielo, no el suelo. En el suelo sólo unos pocos pecados se corresponden con nuestras normas; y en el cielo, si existe, que juzgue su Dios.  Mientras tanto, a aquellos que no necesiten creer en ese cielo, que se les juzgue con las leyes de los hombres.

Si no tuvieron nada más que objetar en vida, ahora que callen para siempre.

Reitero: Saramago D.E.P. (que, por si alguien no lo entendió, quiere decir Descanse En Paz)

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